El párroco Pierre El Raii muere al socorrer a un herido en un doble bombardeo en el sur de Líbano
Tragedia en Qlayaa: el sacerdote maronita de 50 años pierde la vida mientras ayudaba a un feligrés, en medio de la escalada de ataques que sacude a la comunidad cristiana y agrava la crisis humanitaria
El padre Pierre El Raii, párroco maronita de la localidad de Qlayaa en las montañas del sur de Líbano, falleció este 9 de marzo de 2026 tras resultar gravemente herido en un bombardeo israelí. El incidente ocurrió alrededor de las 14:00 horas (hora de Beirut), exactamente una semana después del reinicio de intensos ataques aéreos y de artillería israelíes en la región.
Según el relato del padre Toufic Bou Merhi, franciscano de la Custodia de Tierra Santa y párroco en Tiro y Deirmimas, un primer impacto de artillería —atribuido a un tanque Merkava israelí según fuentes libanesas como la Agencia Nacional de Noticias (NNA)— alcanzó una casa cercana a la parroquia, hiriendo a un feligrés y, en algunas versiones, también a su esposa. El padre Pierre, de 50 años y considerado un pilar fundamental para los cristianos de la zona, se apresuró junto a decenas de jóvenes y vecinos, incluyendo personal de la Cruz Roja, para auxiliar a los heridos.
En ese momento, un segundo bombardeo impactó nuevamente la misma vivienda, alcanzando mortalmente al sacerdote y a otras tres personas. Trasladado de urgencia a un hospital local, el padre El Raii falleció casi en la entrada del centro médico, sin poder ser atendido a tiempo.
Qlayaa, un pueblo de mayoría cristiana cercano a la frontera, había resistido hasta ahora las órdenes de evacuación emitidas por el ejército israelí a los residentes al sur del río Litani. El propio padre Pierre había participado recientemente en una reunión en Marjayoun donde defendió la permanencia pacífica: «Defendemos nuestra tierra con las armas de la paz, la bondad, el amor y la oración», declaró entonces. Su muerte representa un punto de inflexión: la comunidad, ya en luto profundo, ahora enfrenta un miedo creciente y dudas sobre continuar en sus hogares ante la imposibilidad económica de desplazarse —muchos terminan durmiendo en la calle o en autos por la crisis previa del país—.
La emergencia humanitaria en Líbano se agrava: se reportan cerca de 500.000 desplazados solo en Beirut, casi 300.000 que han huido del sur hacia zonas consideradas «más seguras» (aunque la inseguridad persiste), y decenas de miles desde el valle de la Bekaa. En el convento de Tiro, el padre Toufic acoge a 200 desplazados musulmanes, subrayando la acogida interconfesional en medio del caos.
Desde el Vaticano, el padre Bou Merhi transmite un mensaje de esperanza en Dios como última fuerza que no debe morir, pero también un clamor urgente: «Basta de guerras, basta de violencia. Las armas, como ha dicho el Papa, no generan paz; generan masacres y odio». La muerte del padre Pierre El Raii, ocurrida mientras cumplía su misión pastoral de ayuda, deja a la Iglesia maronita y a los cristianos del sur en duelo y alarma, en un contexto donde la población civil paga el precio más alto de la escalada bélica.
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