08 abril, 2026

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El Papa León XIV llama a una nueva época de misión y acogida

En la Plaza de San Pedro, el Santo Padre presidió la Santa Misa del Jubileo de los misioneros y migrantes, donde destacó la urgencia de una Iglesia “en salida” y la necesidad de una cultura de fraternidad frente a la indiferencia y la discriminación

El Papa León XIV llama a una nueva época de misión y acogida

En el marco del Jubileo del Mundo Misionero y de los Migrantes, el Papa León XIV presidió la Santa Misa en la Plaza de San Pedro, en un clima de celebración y reflexión sobre el papel de la misión en la Iglesia contemporánea.

Durante su homilía, el Santo Padre subrayó que “toda la Iglesia es misionera” y que hoy la frontera de la misión no se mide ya en kilómetros, sino en el sufrimiento humano que toca las puertas de las comunidades cristianas: «No se trata de partir hacia tierras lejanas, sino de permanecer, de acoger, de abrir los brazos y el corazón a quienes llegan desde la fragilidad y la esperanza».

El Pontífice recordó con particular énfasis el drama de los migrantes: «Hermanos y hermanas, esas barcas que esperan avistar un puerto seguro y esos ojos llenos de angustia no pueden ni deben encontrar la frialdad de la indiferencia o el estigma de la discriminación». Frente a este desafío, instó a una respuesta de compasión y solidaridad que convierta a los creyentes en “presencia de consolación y esperanza”.

En su reflexión, el Papa evocó las palabras del profeta Habacuc y las meditaciones de Benedicto XVI sobre el silencio de Dios ante el mal, señalando que la fe es la respuesta que abre caminos de salvación: «La fe, aunque sea como un grano de mostaza, contiene la fuerza del amor de Dios que transforma la historia».

El Santo Padre delineó dos compromisos fundamentales para la misión de la Iglesia: la cooperación misionera —que invita a las Iglesias de antigua tradición a enriquecerse con la vitalidad de las comunidades del sur del mundo— y el impulso de nuevas vocaciones misioneras, especialmente en Europa, con la mirada puesta en los jóvenes.

«Hoy se abre en la historia de la Iglesia una época misionera nueva», afirmó León XIV, citando a san Pablo VI y a su predecesor Francisco para insistir en la urgencia de vivir en un “estado permanente de misión”.

La homilía concluyó con una bendición especial para los misioneros, las comunidades locales y los migrantes, a quienes el Papa dirigió un mensaje claro: «Son siempre bienvenidos. Los mares y desiertos que han atravesado son, en la Escritura, lugares de salvación. Que encuentren el rostro de Dios en los misioneros que los acogen».

Texto completo de la homilía:

JUBILEO DEL MUNDO MISIONERO Y JUBILEO DE LOS MIGRANTES

SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Plaza de San Pedro
XXVII domingo del Tiempo Ordinario, 5 de octubre de 2025

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Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy el Jubileo del Mundo Misionero y de los Migrantes. Es una hermosa ocasión para reavivar en nosotros la conciencia de la vocación misionera, que nace del deseo de llevar a todos la alegría y la consolación del Evangelio, especialmente a aquellos que viven una historia difícil y herida. Pienso en modo particular en los hermanos migrantes, que han debido abandonar su tierra, muchas veces dejando a sus seres queridos, atravesando las noches de miedo y de soledad, padeciendo en su propia piel la discriminación y la violencia.

Estamos aquí porque, ante la tumba del apóstol Pedro, cada uno de nosotros debe decir con alegría: toda la Iglesia es misionera, y es urgente —como afirmó el Papa Francisco— que «salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 23).

El Espíritu nos manda continuar la obra de Cristo en las periferias del mundo, marcadas a veces por la guerra, la injusticia y por el sufrimiento. Ante estos escenarios oscuros, brota de nuevo el grito que tantas veces en la historia se ha elevado a Dios: Señor, ¿por qué no intervienes?, ¿por qué pareces ausente? Este grito de dolor es una forma de oración que permea toda la Escritura y, esta mañana, lo hemos escuchado del profeta Habacuc: «¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que tú escuches […] ¿Por qué me haces ver la iniquidad y te quedas mirando la opresión?» (Ha 1,2-3).

El Papa Benedicto XVI, que recogió estos interrogantes durante su histórica visita a Auschwitz, retomó el tema en una catequesis, afirmando: «Dios calla, y este silencio lacera el ánimo del orante, que llama incesantemente, pero sin encontrar respuesta. […] Dios parece tan distante, olvidadizo, tan ausente» (Catequesis, 14 septiembre 2011).

La respuesta del Señor, sin embargo, nos abre a la esperanza. Si el profeta denuncia la fuerza ineluctable del mal que parece prevalecer, el Señor por su parte le anuncia que todo esto tiene un momento fijado, un término, porque la salvación vendrá y no tardará: «El que no tiene el alma recta, sucumbirá, pero el justo vivirá por su fidelidad» (Ha 2,4).

Hay una vida, por tanto, una nueva posibilidad de vida y de salvación que proviene de la fe, porque la fe no sólo nos ayuda a resistir al mal perseverando en el bien, sino que trasforma nuestra existencia hasta hacerla un instrumento de la salvación que Dios sigue queriendo realizar en el mundo. Y, como nos dice Jesús en el Evangelio, se trata de una fuerza mansa, la fe no se impone con los medios del poder y en modos extraordinarios; es suficiente un grano de mostaza para logar cosas impensables (cf. Lc 17,6), porque lleva en sí la fuerza del amor de Dios que abre caminos de salvación.

Es una salvación que se realiza cuando nos comprometemos en primera persona y nos hacemos cargo, con la compasión del Evangelio, del sufrimiento del prójimo; es una salvación que se hace camino, de forma silenciosa y aparentemente ineficaz, en los gestos y en las palabras cotidianas, que son como la pequeña semilla de la que habla Jesús; es una salvación que lentamente crece cuando nos hacemos “siervos inútiles”, es decir, cuando nos ponemos al servicio del Evangelio y de los hermanos no para buscar nuestros intereses, sino sólo para llevar al mundo el amor del Señor.

Con esta confianza, estamos llamados a renovar en nosotros el fuego de la vocación misionera. Como afirmaba san Pablo VI, «nos corresponde a nosotros anunciar el Evangelio en este período extraordinario de la historia humana, un tiempo, ciertamente, sin precedentes, en el que, a vértices de progreso, nunca antes logrados, se asocian abismos de perplejidad y desesperación, también sin precedentes» (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones, 25 junio 1971).

Hermanos y hermanas, hoy se abre en la historia de la Iglesia una época misionera nueva.

Si por un largo periodo hemos asociado la misión con el “partir”, el ir hacia tierras lejanas que no habían conocido el Evangelio o se encontraban en situaciones de pobreza, hoy las fronteras de la misión ya no son las geográficas, porque son la pobreza, el sufrimiento y el deseo de una esperanza mayor las que vienen hacia nosotros. Nos lo atestigua la historia de muchos de nuestros hermanos migrantes, el drama de su fuga de la violencia, el sufrimiento que los acompaña, el miedo a no lograrlo, el riesgo de peligrosas travesías a lo largo de las costas del mar, su grito de dolor y desesperación. Hermanos y hermanas, esas barcas que esperan avistar un puerto seguro en el que detenerse y esos ojos llenos de angustia y esperanza que buscan una tierra firme a la que llegar, no pueden y no deben encontrar la frialdad de la indiferencia o el estigma de la discriminación.

La cuestión no es “partir”, sino más bien “permanecer” para anunciar a Cristo a través de la acogida, la compasión y la solidaridad. Permanecer sin refugiarnos en la comodidad de nuestro individualismo, quedarnos para mirar a la cara a aquellos que llegan desde tierras lejanas y sufrientes, permanecer para abrirles los brazos y el corazón, acogerles como hermanos, ser para ellos una presencia de consolación y esperanza.

Son tantas las misioneras, los misioneros, pero también los creyentes y las personas de buena voluntad, que trabajan al servicio de los migrantes, y para promover una nueva cultura de la fraternidad sobre el tema de la migración, más allá de los estereotipos y los prejuicios. Pero este precioso servicio interpela a cada uno de nosotros, en la medida de sus posibilidades. Este es el tiempo —como afirmaba Papa Francisco— de constituirnos todos en un «estado permanente de misión» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 25).

Todo esto exige al menos dos grandes compromisos misioneros: la cooperación misionera y la vocación misionera.

En primer lugar, les pido promover una renovada cooperación misionera entre las Iglesias. En las comunidades de antigua tradición cristiana como las occidentales, la presencia de muchos hermanos y hermanas del sur del mundo debe ser acogida como una oportunidad, para un intercambio que renueva el rostro de la Iglesia y suscita un cristianismo más abierto, más vivo y más dinámico. Al mismo tiempo, cada misionero que parte para otras tierras, está llamado a habitar las culturas que encuentra con sagrado respeto, dirigiendo al bien todo lo que encuentra de bueno y de noble, y llevándoles la profecía del Evangelio.

Quisiera además recordar la belleza y la importancia de las vocaciones misioneras. Me dirijo en particular a la Iglesia europea. Hoy se necesita un nuevo impulso misionero, de los laicos, religiosos y sacerdotes que ofrezcan su servicio en las tierras de misión, de nuevas propuestas y experiencia vocacionales capaces de suscitar este deseo, especialmente en los jóvenes.

Queridos hermanos y hermanas, envío con afecto mi bendición al clero local de las Iglesias particulares, a los misioneros y a las misioneras, a aquellos que están en discernimiento vocacional. Mientras que a los emigrantes les digo: son siempre bienvenidos. Los mares y los desiertos que han atravesado, en la Escritura son “lugares de salvación”, en los que Dios se hizo presente para salvar a su pueblo. Les deseo encontrar este rostro de Dios en las misioneras y en los misioneros que encontrarán.

Encomiendo a todos a la intercesión de María, primera misionera de su Hijo, que se pone en camino sin demora hacia los montes de Judea, llevando a Jesús en su seno y poniéndose al servicio de Isabel. Ella nos sostenga, para que cada uno de nosotros sea colaborador del Reino de Cristo, Reino de amor, de justicia y de paz.

Exaudi Redacción

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