13 abril, 2026

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El Papa León XIV entra en la Gran Mezquita de Argel y lanza un mensaje que resuena más allá de las religiones

En su primera jornada en Argelia, el Pontífice apuesta por el respeto mutuo, el diálogo y el perdón, y se reúne con la comunidad local en una visita marcada por gestos simbólicos y palabras directas sobre la convivencia entre pueblos y credos

El Papa León XIV entra en la Gran Mezquita de Argel y lanza un mensaje que resuena más allá de las religiones

El Papa León XIV inició en Argelia la primera etapa de su viaje apostólico por África con un mensaje claro: el futuro pasa por el respeto, el diálogo y la paz entre religiones. En un país de mayoría musulmana y con una pequeña comunidad católica, el Pontífice quiso presentarse como “peregrino de paz”, subrayando que las diferencias culturales y religiosas pueden convertirse en un espacio de encuentro y no de confrontación.

Uno de los momentos más significativos de la jornada fue su visita a la Gran Mezquita de Argel, donde pidió “respetarnos unos a otros” y avanzar en la verdad, el perdón y el diálogo como base de la convivencia. El gesto, de fuerte valor simbólico, buscó reforzar la relación entre cristianos y musulmanes y subrayar que la religión no debe utilizarse como instrumento de división, sino como camino de fraternidad.

Durante el encuentro, León XIV insistió en que la fe auténtica debe ir acompañada de misericordia y solidaridad. Advirtió que una religión sin compasión o una sociedad sin justicia se alejan del sentido profundo de la dignidad humana, e invitó a promover espacios de encuentro que superen los conflictos y las polarizaciones.

El Pontífice también recordó la historia de Argelia, marcada por momentos de sufrimiento pero también por una fuerte capacidad de reconciliación. En su mensaje, destacó que “el futuro pertenece a los hombres y mujeres de paz” y defendió que la libertad verdadera se construye con el perdón, no con la violencia.

La jornada continuó con el encuentro con la comunidad argelina, a la que animó a seguir siendo un puente entre culturas y religiones. León XIV subrayó el valor de la convivencia cotidiana entre personas de distintas tradiciones y elogió la hospitalidad del pueblo argelino, señalando que la fraternidad concreta es la base para un diálogo auténtico.

Además de la visita a la mezquita, el Papa mantuvo reuniones con autoridades civiles y representantes de la sociedad, insistiendo en que el mar y el desierto —símbolos de la historia del país— no deben convertirse en lugares de desesperación, sino en “oasis de paz” y de enriquecimiento mutuo entre los pueblos.

Con estos gestos, León XIV abrió su viaje africano con un mensaje centrado en la convivencia entre religiones y el rechazo a la violencia. Su paso por Argelia, marcado por la visita a la Gran Mezquita y el encuentro con la comunidad local, dejó una idea que atravesó todos sus discursos: solo el respeto mutuo y el diálogo sincero pueden construir un futuro compartido.

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL
(13-23 DE ABRIL DE 2026)

VISITA A LA GRAN MEZQUITA DE ARGEL

Discurso espontáneo del Santo Padre en la Gran Mezquita de Argel

Gran Mezquita de Argel
Lunes, 13 de abril de 2026

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El Santo Padre respondió en italiano a las palabras de bienvenida del Rector de la Gran Mezquita, Mohamed Mamoun Al Qasimi.

Agradezco por esta reflexión y por estas palabras ―tan importantes en esta visita― pronunciadas desde un lugar que representa el espacio que pertenece a Dios, un espacio divino, sagrado, donde tantas personas vienen a orar para encontrar la presencia del Altísimo, de Dios, en sus vidas.

Como usted sabe, vengo con gran alegría a Argelia porque es también la tierra de mi padre espiritual, san Agustín, que ha querido enseñar tantas cosas al mundo, sobretodo con la búsqueda de la verdad, con la búsqueda de Dios, reconociendo la dignidad de cada ser humano y la importancia de construir la paz.

Buscar a Dios es reconocer la imagen de Dios en cada criatura, en los hijos de Dios, en cada hombre y mujer creados a imagen y semejanza de Dios. Esto significa para nosotros que es muy importante aprender a vivir juntos con respeto por la dignidad de cada persona humana.

Hay otro valor que ustedes han querido incluir en este bellísimo centro: precisamente con la Mezquita, lugar de oración, también se encuentra un centro de estudio. Es muy importante que el ser humano desarrolle la capacidad intelectual que Dios ha dado al hombre, para que podamos descubrir cuán grande es la creación, cuán grande es lo que Dios ha dejado en toda la creación y especialmente en el ser humano.

Con el espíritu, con este lugar de oración, con la búsqueda de la verdad, incluso a través del estudio, y con la capacidad de reconocer la dignidad de todo ser humano, nosotros sabemos ―y hoy este encuentro es la prueba de ello― que podemos aprender a respetarnos mutuamente, vivir en armonía y construir un mundo de paz.

Esta tarde oro por ustedes, por el pueblo de Argelia, por todos los pueblos de la tierra, para que la paz y la justicia del Reino de Dios se hagan presentes también en medio de nosotros, y para que todos estemos cada vez más convencidos, de la necesidad de ser promotores de la paz, de la reconciliación, del perdón y de lo que es verdaderamente la voluntad de Dios para toda su creación.

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL
(13-23 DE ABRIL DE 2026))

ENCUENTRO CON LA COMUNIDAD ARGELINA

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Basílica de Nuestra Señora de África (Argel)
Lunes, 13 de abril de 2026

 

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En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.

Queridos hermanos en el episcopado,
queridos sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas,
amados hijos de la Iglesia en Argelia:

Con gran alegría y afecto paternal me encuentro hoy con ustedes, que son una presencia discreta y preciosa, arraigada en esta tierra, marcada por una historia antigua y por luminosos testimonios de fe.

Su comunidad tiene raíces muy profundas. Son herederos de una multitud de testigos que han dado la vida, impulsados por el amor a Dios y al prójimo. Pienso particularmente en los diecinueve religiosos y religiosas mártires de Argelia, que decidieron estar junto a este pueblo compartiendo sus alegrías y sus dolores. Su sangre es una semilla viva que nunca deja de dar fruto.

Son también herederos de una tradición aún más antigua, que se remonta a los primeros siglos del cristianismo. En esta tierra resonó la ferviente voz de Agustín de Hipona, precedida por el testimonio de su madre, santa Mónica, y de otros santos. Su memoria es una clara llamada a ser, hoy, signos creíbles de comunión, diálogo y paz.

A todos ustedes, queridos hermanos, y a aquellos que, no pudiendo estar presentes, siguen este encuentro a la distancia, expreso mi gratitud por el compromiso cotidiano con el que hacen visible el rostro materno de la Iglesia. Agradezco a Su Eminencia las palabras que me ha dirigido, y también a Rakel, Ali, Monia y la Hna. Bernadette por lo que han compartido. A la luz de lo que hemos escuchado, quisiera que nos detengamos a reflexionar juntos sobre tres aspectos de la vida cristiana que considero muy importantes, especialmente por su presencia aquí: la oración, la caridad y la unidad.

Ante todo, la oración. Todos la necesitamos. Lo subrayaba san Juan Pablo II hablando a los jóvenes: «El hombre —decía— no puede vivir sin orar lo mismo que no puede vivir sin respirar» (Encuentro con los jóvenes musulmanes en Casablanca, 19 agosto 1985, 4). De ese modo, presentaba el diálogo con Dios como un elemento indispensable no sólo para la vida de la Iglesia, sino también para la de cada persona. Asimismo lo había comprendido san Carlos de Foucauld, que había reconocido su vocación a ser presencia orante. Escribía: “Me siento feliz, feliz de estar a los pies del Santísimo Sacramento a todas horas” (Carta a Raymond de Blic, 9 diciembre 1907) y aconsejaba: “Recen mucho por los demás. Conságrense a la salvación del prójimo con todos los medios a su alcance: oración, bondad, ejemplo” (Carta a Louis Massignon, 1 agosto 1916).

A este respecto, Ali, hablando de su experiencia de servicio en Notre Dame d’Afrique, nos ha dicho que muchos vienen aquí para orar en silencio, presentar y encomendar al Señor sus preocupaciones y a las personas que aman y encontrar a alguien dispuesto a escucharlos y a compartir las cargas que llevan en el corazón, y ha visto cómo tantos se van serenos y felices de haber venido. La oración une y humaniza, refuerza y purifica el corazón, y la Iglesia en Argelia, gracias a la oración, siembra humanidad, unidad, fuerza y pureza a su alrededor, llegando a lugares y contextos que sólo el Señor conoce.

Un segundo aspecto de la vida eclesial en el que quisiera detenerme es el de la caridad. Nos ha hablado de ello, en particular, la Hna. Bernadette, compartiendo su experiencia de asistencia a los niños con discapacidad y a sus padres. En lo que ha dicho, percibimos el valor de la misericordia y del servicio no sólo como ayuda a los más frágiles, sino sobre todo como lugar de gracia, en el que cualquiera que se deje involucrar crece y se enriquece. La Hna. Bernadette nos ha contado cómo a partir de un sencillo e inicial gesto de cercanía —la visita a los enfermos— han nacido, cual retoños, primero un sistema de acogida y, después, una organización asistencial cada vez más articulada, una verdadera comunidad en la que muchísimas personas participan, tanto en los acontecimientos alegres como en los dolorosos, unidos por vínculos de confianza, amistad y familiaridad. Un ambiente así es sano y sanador, y no sorprende el hecho de que, en él, el que sufre encuentre los recursos necesarios para mejorar la propia salud, llevando al mismo tiempo alegría a los demás, como en el caso de Fátima.

Por lo demás, el amor a los hermanos es precisamente el que ha animado el testimonio de los mártires que hemos recordado. Frente al odio y a la violencia, permanecieron fieles a la caridad hasta el sacrificio de la vida, junto con tantos otros hombres y mujeres, cristianos y musulmanes. Lo hicieron sin pretensiones y sin clamor, con la serenidad y la firmeza de quien no presume ni desespera, porque sabe en quién ha puesto su confianza (cf. 2 Tm 1,12). Para todos, citamos las palabras sencillas de Fray Luc, el anciano monje médico de la comunidad de Notre-Dame de l’Atlas, quien ante la posibilidad de partir y de ponerse a salvo de posibles peligros, a costa de abandonar a sus pacientes y amigos, él respondía: “Yo quiero quedarme con ellos” (C. Henning – T. Georgeon, Fratel Luc di Tibhirine. Monaco, medico e martire, Ciudad del Vaticano 2025, Introducción), y así lo hizo. El Papa Francisco, al recordarlo a él y a todos los demás, con motivo de la beatificación, decía: «Su testimonio valiente es fuente de esperanza para la comunidad católica argelina y semilla de diálogo para toda la sociedad. Que esta beatificación sea para todos un estímulo para construir juntos un mundo de fraternidad y solidaridad» (8 diciembre 2018).

Y llegamos así al tercer punto de nuestra reflexión: el compromiso por promover la paz y la unidad. El lema de esta visita son las palabras de Jesús resucitado: «¡La paz esté con ustedes!» (cf. Jn 20,21), y en una imagen tomada de los mosaicos de Tipasa se lee: “In Deo, pax et concordia sit convivio nostro”, que podríamos traducir: “En Dios, la paz y la armonía pueden reinar en nuestro vivir juntos”. La paz y la armonía han sido características fundamentales de la comunidad cristiana desde sus orígenes (cf. Hch 2,42-47), por deseo mismo de Jesús (cf. Jn 17,23), que dijo: «En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13,35). San Agustín afirmaba al respecto que la Iglesia «engendra a los pueblos, pero todos son miembros de uno solo» (Sermón 192, 2) y san Cipriano escribía: «El mayor sacrificio delante de los ojos de Dios es la paz y la unión fraternal, y un pueblo unido a proporción que están unidos el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo» (Sobre la oración dominical, IV, 95). Es hermoso, hoy, al oír tanta riqueza de palabras y de ejemplos, hacer eco de lo que hemos escuchado.

Es signo de ello, como nos ha recordado Su Eminencia, esta misma basílica, símbolo de una Iglesia de piedras vivas donde, bajo el manto de Nuestra Señora de África, se construye la comunión entre cristianos y musulmanes. Aquí el amor maternal de Lalla Meryem reúne a todos como hijos, cada uno rico en su diversidad, unidos por la misma aspiración a la dignidad, al amor, a la justicia y a la paz. Hijos deseosos de caminar juntos, de vivir, rezar, trabajar y soñar, porque la fe no aísla, sino que abre; une, pero no confunde; acerca sin uniformar y hace crecer una verdadera fraternidad, como nos ha dicho Monia, y como ha testimoniado Rakel, compartiendo su experiencia en la Tlemcen Fellowship. En un mundo donde las divisiones y las guerras siembran dolor y muerte entre las naciones, en las comunidades e incluso en las familias, su forma de vivir juntos, unidos y en paz es un gran signo. Así unidos, difundan la hermandad, inspirando en quienes los rodean deseos y sentimientos de comunión y de reconciliación, con un mensaje tanto más fuerte y claro cuanto testimoniado en la sencillez y en la humildad.

Una parte considerable del territorio de este país está ocupada por el desierto, y en el desierto no se sobrevive en soledad. La aspereza de la naturaleza redimensiona toda presunción de autosuficiencia y nos recuerda a todos que necesitamos los unos de los otros, y que necesitamos a Dios. Es la fragilidad reconocida la que abre el corazón a la ayuda mutua y a la invocación de Aquel que puede dar lo que ningún poder humano es capaz de garantizar: la reconciliación profunda de los corazones y con ello la paz verdadera.

Por eso, queridos hermanos y hermanas, los animo a continuar su labor en tierras argelinas, como comunidad de fe unida y abierta, presencia de la Iglesia «sacramento universal de salvación» (Conc. Ecum. Vat. II, Lumen gentium, 48). Gracias por todo lo que hacen, por su oración, por su caridad y por su testimonio de unidad. Les aseguro mi recuerdo en la oración ante el Señor y, encomendándolos a María, Nuestra Señora de África, los bendigo de corazón.

Exaudi Redacción

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