El Papa León XIV en Argelia: “Multipliquemos los oasis de paz”
El Pontífice llama a convertir el Mediterráneo y el Sáhara en lugares de encuentro y no de desesperanza, denunciando violaciones del derecho internacional y tentaciones neocoloniales
En el primer día de su visita apostólica de tres jornadas a Argelia, el Papa León XIV se dirigió a las autoridades civiles, la sociedad civil y el cuerpo diplomático reunidos en el centro de conferencias Djamaa el Djazair, ante unas 1.400 personas. Tras el encuentro de cortesía con el presidente Abdelmadjid Tebboune, el Pontífice pronunció un discurso cargado de esperanza y firmeza, en el que se presentó como “peregrino de paz” y recordó su vínculo personal con la tierra argelina como hijo espiritual de san Agustín.
“Vengo entre vosotros en peregrino de paz, deseoso de encontrar al noble pueblo argelino. Somos hermanos y hermanas, porque tenemos el mismo Padre en los cielos”, afirmó el Papa, destacando la cultura de encuentro y reconciliación del pueblo argelino, su hospitalidad y su profundo sentido religioso. Elogió especialmente la práctica de la sadaka (la limosna), cuya raíz significa “justicia”: “No guardar para sí, sino compartir lo que se tiene, es en efecto una cuestión de justicia. Es injusto quien acumula riquezas y permanece indiferente a los demás”. Y añadió: “Esta visión de la justicia es a la vez simple y radical, porque reconoce en el otro la imagen de Dios. Una religión sin misericordia y una sociedad sin solidaridad son un escándalo a los ojos de Dios”.
El Santo Padre subrayó que la verdadera fuerza de un país no reside en el dominio, sino en la cooperación de todos para el bien común. “Las autoridades no están llamadas a dominar, sino a servir al pueblo y a su desarrollo. La acción política encuentra su criterio en la justicia, sin la cual no hay paz auténtica”, insistió, citando también las enseñanzas de Benedicto XVI y Francisco sobre una globalización que beneficie a todos y promueva la participación social, política y económica, especialmente de los excluidos y de los jóvenes.
Uno de los momentos más potentes del discurso llegó al evocar la geografía única de Argelia, entre el Mediterráneo y el Sáhara. “El mar y el desierto han sido durante milenios lugares de enriquecimiento mutuo entre pueblos y culturas. ¡Ay de nosotros si los convertimos en cementerios donde muere también la esperanza!”, exclamó. “Liberemos del mal estos inmensos depósitos de historia y de futuro. Multipliquemos las oásis de paz, denunciemos y eliminemos las causas de la desesperación, y combatamos a quienes lucran con la desgracia ajena”. Los beneficios de la especulación sobre la vida humana, cuya dignidad es inviolable, son ilícitos, denunció.
León XIV no esquivó las dificultades del presente: denunció las “continuas violaciones del derecho internacional” y las “tentaciones neocoloniales” que amenazan la convivencia. “No multiplicando incomprensiones y conflictos, sino respetando la dignidad de cada uno y dejándonos tocar por el dolor ajeno, podréis convertiros en protagonistas de un nuevo curso de la historia, hoy más urgente que nunca”, dijo. Invitó a educar en el sentido crítico, la libertad, la escucha y el diálogo, reconociendo en el diferente a un compañero de camino y no una amenaza. “Tenemos que trabajar por la curación de la memoria y por la reconciliación entre antiguos adversarios”, propuso.
El Papa también reflexionó sobre las tensiones entre fundamentalismo y secularización que afectan a la sociedad argelina y a muchas otras: los símbolos religiosos pueden convertirse en “lenguajes blasfemos de violencia y opresión” o en “signos vacíos en el gran mercado del consumo que no sacia”. Sin embargo, estas polarizaciones absurdas no deben asustar: son signo de que vivimos “una época extraordinaria de gran renovación”, en la que quienes mantengan el corazón libre y la conciencia alerta podrán extraer de las tradiciones espirituales nuevas formas de mirar el mundo y un propósito inquebrantable en la vida.
Al concluir, León XIV reiteró el deseo de la Iglesia católica de contribuir al bien común de Argelia, reforzando su identidad como puente entre Norte y Sur, Oriente y Occidente. Y dirigió una especial mirada a los jóvenes, llamados a ampliar el horizonte de la esperanza para todos.
Con este mensaje, pronunciado en la misma jornada en que visitó el monumento a los mártires Maqam Echahid, el Papa León XIV ha lanzado desde Argelia un llamamiento claro y urgente: que los desiertos y los mares se conviertan en reservorios de vida, encuentro y maravilla, y no en escenarios de muerte y explotación. Un discurso que invita a leerlo despacio, porque resuena como un eco de esperanza en un mundo que necesita urgentemente oásis de paz.
Discurso del Santo Padre:
VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL
(13-23 DE ABRIL DE 2026)
ENCUENTRO CON LAS AUTORIDADES, CON LA SOCIEDAD CIVIL Y CON EL CUERPO DIPLOMÁTICO
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Centro de Convenciones “Djamaa el Djazair” (Argel)
Lunes, 13 de abril de 2026
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Señor Presidente,
distinguidas autoridades y miembros del Cuerpo diplomático,
señoras y señores:
Expreso mi profunda gratitud por la invitación a visitar Argelia, que he recibido justo al inicio de mi ministerio petrino. ¡Gracias por su acogida! Ustedes saben que, como hijo espiritual de san Agustín, ya dos veces —en 2001 y en 2013— he venido a Annaba, y estoy agradecido con la Divina Providencia porque, según su misterioso designio, ha dispuesto que yo regresara aquí como Sucesor de Pedro. Vengo entre ustedes como peregrino de paz, con el deseo de encontrarme con el noble pueblo argelino. Somos hermanos y hermanas, porque tenemos al mismo Padre en los cielos; el profundo sentido religioso del pueblo argelino es el secreto de una cultura del encuentro y de la reconciliación, de la cual también mi visita quiere ser signo. En un mundo lleno de enfrentamientos e incomprensiones, ¡encontrémonos y tratemos de comprendernos, reconociendo que somos una sola familia! Hoy, la sencillez de esta certeza es la llave para abrir muchas puertas cerradas.
Queridos hermanos y hermanas, vengo entre ustedes como testigo de la paz y la esperanza que el mundo anhela ardientemente y que su pueblo siempre ha buscado; un pueblo que nunca se ha dejado vencer por las pruebas, porque está arraigado en ese sentido de solidaridad, acogida y comunidad con el que está tejida la vida cotidiana de millones de personas humildes y justas. Ellos son los fuertes, ellos son el futuro; quienes no se dejan cegar por el poder y la riqueza, quienes no sacrifican la dignidad de sus conciudadanos en favor de su propia fortuna personal o la de su grupo. En particular, en muchos ámbitos he sido testigo de la gran generosidad que el pueblo argelino demuestra tanto hacia sus compatriotas como hacia los extranjeros. Esta actitud refleja una hospitalidad profundamente arraigada en las comunidades árabes y bereberes, ese deber sagrado que en todas partes desearíamos encontrar como valor social fundamental. Del mismo modo, la limosna (sadaka) es una práctica común y natural entre ustedes, incluso entre quienes tienen recursos limitados. En su origen, la palabra sadaka significa justicia; no retener para sí mismo lo que uno posee, sino compartirlo, es en realidad una cuestión de justicia. Injusto es quien acumula riquezas y permanece indiferente ante los demás. Esta visión de la justicia es simple y radical: reconoce en el otro la imagen de Dios. Una religión sin piedad y una vida social sin solidaridad son un escándalo a los ojos de Dios. Sin embargo, muchas sociedades que se creen avanzadas se precipitan cada vez más en la desigualdad y la exclusión. Las personas y las organizaciones que dominan sobre los demás —y África lo sabe bien— destruyen el mundo que el Altísimo ha creado para que viviéramos juntos.
Los dramáticos acontecimientos históricos del pasado ofrecen a su país una perspectiva singularmente crítica sobre el equilibrio global. Si logran dialogar con las inquietudes de todos y mostrar solidaridad con el sufrimiento de tantos países, cercanos y lejanos, su experiencia puede contribuir a imaginar y alcanzar una mayor justicia entre los pueblos. No multiplicando incomprensiones y conflictos, sino respetando la dignidad de cada persona y dejándose conmover por el dolor ajeno, podrán convertirse en protagonistas de un nuevo rumbo de la historia —hoy más urgente que nunca— ante las continuas violaciones del derecho internacional y de las tentaciones neocoloniales.
Mis predecesores ya habían percibido con claridad el alcance trascendental de este desafío. Benedicto XVI señaló que «el proceso de globalización, adecuadamente entendido y gestionado, ofrece la posibilidad de una gran redistribución de la riqueza a escala planetaria como nunca se ha visto antes; pero, si se gestiona mal, puede incrementar la pobreza y la desigualdad, contagiando además con una crisis a todo el mundo» (Carta enc. Caritas in veritate, 42). Además, el Papa Francisco, debido a su amplia experiencia entre las contradicciones del Sur global, ha destacado la importancia de aquello que sólo puede entenderse desde la periferia de los grandes centros de poder y de decisión: «Hace falta pensar —escribía— en la participación social, política y económica de tal manera que incluya a los movimientos populares y anime las estructuras de gobierno locales, nacionales e internacionales con ese torrente de energía moral que surge de la incorporación de los excluidos en la construcción del destino común» (Carta enc. Fratelli tutti, 169).
Los exhorto, pues, a ustedes, que tienen autoridad en este país, a no temer tal perspectiva y a promover una sociedad civil viva, dinámica y libre, en la que especialmente a los jóvenes se reconozca la capacidad de contribuir a ampliar el horizonte de la esperanza para todos. La verdadera fuerza de un país reside en la cooperación de todos para la realización del bien común. Las autoridades están llamadas no a dominar, sino a servir al pueblo y a su desarrollo. La acción política encuentra, por tanto, su criterio en la justicia, sin la cual no hay paz auténtica, y se expresa en la promoción de condiciones equitativas y dignas para todos. También la Iglesia católica, con sus comunidades e iniciativas, desea contribuir al bien común de Argelia, fortaleciendo su particular identidad de puente entre el Norte y el Sur, entre Oriente y Occidente.
El Mediterráneo, por un lado, y el Sáhara, por el otro, comportan, de hecho, confluencia de caminos geográficos y espirituales de gran importancia. Si profundizamos en su historia, sin simplificaciones ni ideologías, encontraremos allí ocultos inmensos tesoros de humanidad, porque el mar y el desierto son, desde hace milenios, lugares de enriquecimiento mutuo entre pueblos y culturas. ¡Ay de nosotros si los convertimos en cementerios donde muere también la esperanza! ¡Liberemos del mal estos inmensos depósitos de historia y de futuro! ¡Multipliquemos los oasis de paz, denunciemos y eliminemos las causas de la desesperación, luchemos contra quienes lucran con la desgracia ajena! Son ganancias ilícitas, en efecto, las de quienes especulan con la vida humana, cuya dignidad es inviolable. Unamos, pues, nuestras fuerzas, nuestras energías espirituales, toda inteligencia y recurso que hagan de la tierra y del mar lugares de vida, de encuentro, de maravilla. Que su majestuosa belleza toque nuestro corazón; que su paisaje infinito nos interrogue sobre la trascendencia. El Mediterráneo, el Sáhara y el inmenso cielo que los domina nos susurran que la realidad nos sobrepasa por todas partes, que Dios es verdaderamente grande y que todo lo vivimos en el misterio de su presencia.
Esta idea tiene enormes consecuencias sobre la realidad. En nuestros días, son muchos los que subestiman su alcance. Si lo analizamos bien, también la sociedad argelina conoce la tensión entre sentido religioso y vida moderna. Aquí, como en todo el mundo, tienden a manifestarse dinámicas opuestas, de fundamentalismo o de secularización, por las que muchos pierden el sentido auténtico de Dios y de la dignidad de todas sus criaturas. Es así que los símbolos y las palabras religiosas pueden convertirse, por una parte, en lenguajes blasfemos de violencia y opresión y, por otra, en signos carentes de significado, en el gran mercado de consumos que no sacian.
Estas polarizaciones absurdas, sin embargo, no deben asustarnos. Hay que enfrentarlas con inteligencia. Son señal de que vivimos una época extraordinaria, de gran renovación, en la que quien mantiene libre el corazón y despierta la conciencia puede obtener de las grandes tradiciones espirituales y religiosas nuevas visiones de la realidad y motivaciones inquebrantables para el compromiso. Es necesario educar en el sentido crítico y en la libertad, en la escucha y en el diálogo, en la confianza que nos hace reconocer en quien es diferente a un compañero de viaje, no a una amenaza. Debemos trabajar por la sanación de la memoria y la reconciliación entre antiguos adversarios. Es el don que pido para ustedes, para Argelia y para todo su pueblo, sobre el cual invoco abundantes bendiciones del Altísimo.
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