El mundo que me habita
Sobriedad y templanza: el arte de poseer sin ser poseído
Vivimos rodeados de cosas. Las buscamos, las acumulamos, las estrenamos con ilusión, y a menudo nos descubrimos atrapados en ellas, como si lo que poseemos pudiera darnos identidad o consuelo. Pero lo que poseemos —si no lo sabemos gobernar— acaba poseyéndonos. En esta época de abundancia, el tener se ha convertido en un problema. Nunca hemos tenido tanto, tan cerca y tan disponible. Y, sin embargo, rara vez nos sentimos saciados.
Las comunicaciones instantáneas y exigibles “para ayer” nos acostumbran a que todo esté al alcance de la mano sin tiempo para sopesar.
Avivan la sed de caza. Sed insaciable y patológica.
Hemos confundido el deseo con la necesidad. La sociedad nos empuja a pensar que lo que deseamos es imprescindible, y que no satisfacerlo es una carencia intolerable. Así se produce la patología del deseo: una dependencia constante de lo que todavía no tenemos. Como advertía Aristóteles, «el esclavo es aquel que no se tiene, sino que es tenido». Cuando perdemos el autodominio, dejamos de ser libres: ya no tenemos cosas, las cosas nos tienen a nosotros.
1. Sobriedad: el señorío sobre las cosas
La sobriedad no es pobreza forzada ni austeridad triste. Es la elegancia interior de quien sabe vivir con lo justo, la medida serena del que posee sin dejarse poseer.
Esa elección invisible, cotidiana, es la que nos configura por dentro. La sobriedad no se mide por lo que falta, sino por el señorío que adquirimos sobre lo que tenemos. No hay generosidad posible sin sobriedad, porque solo quien se tiene, puede darse.
Cuando vivimos con mesura y gratitud, todo adquiere valor. Cuando nos dejamos llevar por la acumulación o el capricho, todo pierde sentido.
En un hogar, la sobriedad se educa enseñando a cuidar, a compartir, a prescindir. No todo lo que se puede tener conviene tenerlo. Hay bienes que, cuando se guardan, se pudren; y otros —como las ideas, la fe, el amor— que solo se conservan cuando se comparten.
2. Templanza: el arte del propósito
Si la sobriedad gobierna las cosas, la templanza gobierna los afectos. Es la virtud que pone medida en lo que sentimos: deseos, placeres, alegrías o dolores.
Santo Tomás la llama «raíz de la vida sensible y espiritual», porque sin ella los demás impulsos se desbordan.
Templar el corazón no es reprimirlo, sino afinarlo.
Aprender a decir “no” es un acto de libertad: nos permite decir “sí” a lo que realmente vale la pena.
El autodominio no encadena, libera.
La libertad necesita límites visibles.
Educar la templanza es:
- enseñar a renunciar con elegancia,
- a soportar con serenidad lo que no nos gusta, -a aplazar el gusto inmediato para alcanzar una alegría más profunda.
3. Educar para el señorío
En un tiempo donde todo se puede comprar, la verdadera educación es enseñar a no venderse. ”Estar en el mercado” no es una opción.
La sobriedad y la templanza son virtudes de gobierno: del cuerpo, del carácter, del tiempo, del corazón.
Son también el cimiento de la generosidad: solo quien no vive pendiente de sí mismo puede mirar a los demás.
La templanza no apaga la sensibilidad, la ilumina.
La sobriedad no apaga el deseo, lo ordena.
Ambas virtudes devuelven al ser humano su dignidad original: ser dueño de sí para poder entregarse.
Frente a una cultura que exalta el exceso y desprecia el límite, necesitamos redescubrir el valor de la medida.
El dominio de uno mismo no es una renuncia, sino una conquista. Solo quien se posee puede darse libremente.
4. El arte de poseer y entregarse
Tener cosas no es malo; lo dañino es perderse en ellas.
El equilibrio está en tener lo necesario, suficiente y conveniente…, y tener-nos para poder dar-nos.
El alma sobria y templada no teme perder, porque sabe que lo esencial no se pierde: se transforma en entrega.
Estas virtudes no son antiguas: son profundamente actuales. Nos devuelven el control sobre lo que miramos, comemos, deseamos o decimos. Nos recuerdan que la libertad no consiste en hacer lo que quiero, sino en querer lo que debo.
Educar en sobriedad y templanza es preparar a los hijos —y a nosotros mismos— para vivir con hondura, sin quedar atrapados en lo efímero. Enseñar a disfrutar sin depender, a usar sin abusar, a desear sin devorar. Superar la voracidad.
El corazón humano no está hecho para la acumulación, sino para la donación. Ser sobrios y templados es aprender a amar con libertad.
Tener cosas no es malo, pero, tenerlas incluso sin desearlas, es pernicioso y bloqueante.
La sobriedad es la infraestructura de la generosidad.
La generosidad es una concreción de la libertad.
Y la libertad es condición indispensable de la bondad.

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