Cuando el corazón habla
Películas, vocación y búsqueda de plenitud interior
En silencio y sentada delante del ordenador son muchos los pensamientos e ideas que se agolpan en mi cabeza y sobre las que escribir. Y entre esta maraña, tres nombres: Javier, Ainara y Rosalía.
He tenido un fin de semana muy cinéfilo. Creo que nunca había ido al cine sábado y domingo seguidos. O por lo menos no lo recuerdo. De hecho, no soy mucho de gran pantalla, pero así ha surgido. El sábado, vi Los Domingos y ayer, Solo Javier, la cual he visto por segunda vez, pero ahora en compañía de alguien muy especial: mi familia. Quería que la vieran y con mucho esfuerzo, lo he logrado.
La película de Los Domingos tiene como protagonista a una chica de 17 años que se llama Ainara y Solo Javier, como su nombre indica, a Javier, un chico cuyo periplo comienza también cuando era muy joven.
Los dos, movidos por eso tan inmenso llamado vocación, se plantean la posibilidad de entregar su vida a Dios consagrándose a la vida religiosa.
Es imposible no enamorarte de Ainara y de Javier. Es imposible no pensar en ellos y en ese nosequé que está ahí presente y que intuyes, pero al que es difícil poner nombre. Y creo que también es imposible salir del cine indiferente.
Cada uno a su modo. Solo Javier es una película documental basada en una historia real, la de Javier. Una persona que vivió hace unos años y cuyo recuerdo sigue en la memoria de muchos. Ahora, también, en la mía.
Una persona que lo tenía todo en relación con el mundo: éxito, triunfos, dinero, fama… y que, sin embargo, sentía un vacío dentro de él que no llenaba con nada de esto. Tenía una vida montada en el tener y en el hacer, y creyéndose el más libre, se da cuenta de que era el más esclavo.
En Los Domingos, Ainara, la protagonista, representa la historia de esos jóvenes que hoy, en pleno siglo XXI, deciden entrar en un convento ante la incomprensión del mundo. Una historia contada desde la objetividad y la autenticidad. Sin juicios y sin ideologías. Tal cual, desde los diferentes puntos de vista de cada uno de los personajes de la trama.
Hoy en día es difícil encontrar una historia contada desde ahí. Con mucha sencillez, sensibilidad y honestidad. Y la directora, Alauda Ruiz de Azúa, que creo no es creyente, lo ha conseguido de largo.
¿Qué puede llevar a una chica de 17 años con una vida normal a querer dejar todo para entrar en un convento de clausura?
Lo mismo que llevó a Javier a cambiar de vida: un vacío que no se colma. Un anhelo de plenitud. Una sed. Una llamada interior. Un amor al que es difícil poner palabras.
Ainara intenta en varias ocasiones con gran delicadeza explicárselo a sus familiares y Javier, en sus cartas, habla de ese corazón inquieto de San Agustín que no puede llenarse con las cosas materiales y que busca algo más. Y es que como dice C.S. Lewis «las cosas terrenales no llenan un corazón que fue hecho para el cielo».
Un corazón que, si le escuchas, te habla. Un corazón que necesita de tu silencio y tu atención.
No quiero hacer spoiler de estas grandísimas historias, pero sí que no puedo dejar de animarte a que vayas a verlas y juzgues por ti mismo. Y no me cansaré de dar las gracias a los directores, guionistas, productores, distribuidores etc. de estas películas por hacerlas.
Y en medio de ambas, mi Instagram me comunica unas declaraciones de la cantante Rosalía que han hecho acto de presencia en varios perfiles, de esos con los que el algoritmo alimenta mi muro. En una conversación con una persona se aventura a hablar del vacío de su corazón y de cómo lo ha intentado llenar de cosas que no lo han colmado ni lo harán, porque es un “vacío que solo Él puede llenar», dice refiriéndose a Dios. Habla, también, de las monjas y de su admiración por ellas.
Otra vez el vacío. Otra vez ese nosequé al que nos cuesta poner palabras pero que cuando paramos y nos miramos con atención y silencio, se desvela. Otra vez un corazón que anhela, busca y habla.
Las prisas, el ruido, la productividad, la eficiencia y eficacia, el acumular… no ayudan ni mucho menos a poder escucharlo, pero ahí está. Nuestro modo de vivir, muchas veces como zombis, sin plantearnos el para qué de las cosas, lo tapa y lo entierra, pero no desaparece.
Nos pasamos la vida consumiendo. Nos pasamos el día conectados a un teléfono móvil que nos hace estar más desconectados de la realidad, del otro y de nosotros mismos que nunca antes. Nos creemos libres. Nos creemos autosuficientes. Nos creemos tantas cosas que ni nos paramos a pensar… y es aquí donde, quizá, esté el quid del tema: en tenernos muy ocupados para estar en modo automático y pensar poco. En el hacernos vulnerables a lo que quieren que creamos. El hacernos marionetas sin tiempo para reflexionar y donde tener pensamiento crítico propio sea algo heroico de unos pocos.
Y es que quizá y solo quizá, a alguien le interese que vivamos así, como anestesiados…
Pero la vida y el testimonio real de Javier, el personaje de Ainara y la búsqueda de Rosalía, entre tantos muchos ejemplos, nos hacen recordar que nuestro corazón está bien hecho y que solo vemos bien cuando utilizamos sus ojos. Que nos habla si le escuchamos y que ese vacío que experimentamos solo puede ser llenado por Dios cuando le dejamos. Cuando libremente, libre de ataduras, libre de prejuicios, libre de afectos desordenados, libre de ideologías, libre de las opiniones del mundo… le abrimos la puerta para que entre. Cuando haciendo uso de ese don tan enorme y grandioso llamado libertad, decimos sí.

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