31 marzo, 2026

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Como «peregrinos de la esperanza», el «canto es existencia»

A propósito de la feliz coincidencia del Jubileo 2025 y la celebración de los 800 años del Cántico del hermano sol compuesto por san Francisco de Asís

Como «peregrinos de la esperanza», el «canto es existencia»
St. Francis of Assisi Consoled by an Angel Musician, (17th century); Musee des Beaux-Arts, Rouen, France;

Precisamente el Lunes del Ángel, con la inmensa alegría que inunda la Octava de Pascua, confiamos en que nuestro querido papa Francisco, luego de su intenso pontificado y al final de su enfermedad y los persistentes dolores, partió a los brazos de Dios Padre, como confirmando con el regalo de la sincronía una invitación a apreciar la ofrenda de su vida consagrada al servicio amoroso como pastor de la Iglesia, signo a la vez en el que se nos revela el pleno sentido de la existencia que se centra en la esperanza en Jesucristo resucitado. Claro que sentimos aflicción por la partida de Francisco, pero, siguiendo algunas líneas del pensamiento de Josef Pieper, hay en la convicción íntima que entraña el momento del consuelo por la pena lo que podría llamarse una alegría silenciosa. Tal alegría es un tácito asentir en el presente y una apertura que se fía al amor y su espera. Spes non confundit, «la esperanza no defrauda» (Romanos 5, 5) es el lema de este año jubilar. Y ya en la tercera semana de Pascua llegamos gozosos a celebrar con profunda emoción la elección del sucesor en la Cátedra de San Pedro y su misión como Vicario de Cristo, León XIV, cuyo primer saludo es el mismo de Jesús resucitado y que dirige a todos los corazones, a todas nuestras familias, «a todas las personas, allí donde estén, a todos los pueblos, a toda la tierra»: «La paz sea con ustedes (…) una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante, que proviene de Dios, de Dios que nos ama a todos incondicionalmente».

Para quien acepta el acontecer de cada día como un don que propicia la gratitud y así intenta contemplar la realidad con «ojo sencillo» –«sano» o «limpio», según la traducción que se lea del Evangelio (Mateo 6, 22)–, la mirada atenta e impregnada de amor acoge y celebra con sonrisas la Creación descubriendo belleza y correspondencias entre los componentes diversos de la «casa común» que habitamos –como la llama acertadamente el papa Francisco en Laudato si’–, acaso como un modesto eco interior que trata de seguir con fidelidad a la propia Escritura: «Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno» (Génesis 1, 31a). Y aquella misma mirada con ojos limpios nos lleva a sentir en el espíritu –casi dibujándola con nuestra imaginación– la sonrisa luminosa y hermosísima de Dios Padre que contempla complacido todo lo bueno que ha creado; ese todo bien pleno de maravillas que, como nos lo recuerda el comienzo del Evangelio de san Juan, «fue hecho por medio de la Palabra», «y la Palabra era Dios». Continuando con el texto joánico, también se anuncia para nuestro pasmo y mayor dicha que «la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros», justamente gracias a la kénosis del Hijo que intensifica inconmensurablemente el sumo bien con el derroche del amor derramado en el máximo sacrificio para darnos vida en plenitud.

Tal vez algún escéptico considere que esta visión festiva esté teñida de ingenuidad y hasta sea convenientemente selectiva para evadir o escoger ser miopes y aun ciegos ante los inmensos problemas históricos que aquejan y han aquejado a nuestra civilización, lo que relativizaría o cuestionaría su utilidad y practicidad. Sin embargo, esa misma mirada contemplativa con su inevitable celebrar lo creado, acompasada en la fe y en su asentimiento que descubre la dádiva y la respuesta del amor, es al mismo tiempo serena agudeza visual que procura comprender con sensatez los sobresaltos y los contrastes, con frecuencia calamitosos y horrendos, de la historia. «Si tu ojo es sencillo –limpio y sano–, tu cuerpo entero se inundará de luz», completa la cita evangélica que nos trae san Mateo.

Aspiramos a vivir en concordia, gozo y equilibrio compartiendo la casa común de la Creación, pero ¿Cómo hacer posible la convivencia verdadera y fructífera entre los que –glosando a Mariano Picón-Salas– apenas soportan la historia y aquellos que pretenden hacerla y hasta dirigirla en el desmedido afán de poseer y dominar? Podemos pensar en un ideal de la cultura como anhelo de elevación y el convivir armonioso, y con ello orientar nuestro quehacer para aproximarnos a dichas metas. Mas resulta necesario recordar que en la tensión del vivir persisten los nefastos extravíos humanos causados por la intolerancia y el resentimiento, el egoísmo y la ambición, la indiferencia y la frívola ignorancia escogida… Al tratar de construir una senda hacia lo que deseamos como un verdadero progreso o bienestar humano compartido, ¿cómo dejar a un lado y no tener presentes en el ejercicio de la conciencia los problemas que necesitan ser enfrentados y comprendidos con dedicada atención en el devenir histórico y en nuestro hoy: la pobreza y la marginalidad extrema causantes de hambruna y desvalimiento, lo que con frecuencia empuja a migraciones inevitables; la reiterada explotación laboral, el desasosegante desempleo y la negligente degradación de la naturaleza y del medio ambiente; el envilecimiento humano por el consumo de drogas, la infame trata de personas y el perverso abuso infantil, ominosas e inconcebibles actividades que hasta devienen en lucrativos negocios; los regímenes autoritarios y totalitarios que aplastan, torturan, segregan y persiguen pueblos, comunidades e individuos; la barbarie guerrerista, las razias y los genocidios, incluso sistemáticos como la Shoah y el Holodomor, tan solo por referir algunos nombres? Resuenan en la memoria una vez más las sentidas palabras de Benedicto XVI en su visita al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau en 2006 cuando nos dicen que nada de ello es pasado ni es lejano a ninguno de nosotros. En aquel particular e impresionante espacio de la memoria del ejercicio de la crueldad infligida por seres humanos sobre otros seres humanos, el santo padre se interrogaba entonces con preguntas de hondísimo dolor, tan parecidas a las que insistimos en formular cuando atravesamos incomprensibles «valles de sombras» de la historia y de los contextos que nos tocan vivir: «¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Por qué permaneció callado? ¿Cómo pudo tolerar este exceso de destrucción, este triunfo del mal?».  Pero el papa Benedicto, en la convicción profunda de que «Dios es amor» (1ª Juan 4, 8), a la vez nos respondía:

«Nosotros no podemos escrutar el secreto de Dios. Solo vemos fragmentos y nos equivocamos si queremos hacernos jueces de Dios y de la historia. En ese caso, no defenderíamos al hombre, sino que contribuiríamos solo a su destrucción. No; en definitiva, debemos seguir elevando, con humildad pero con perseverancia, ese grito a Dios: “Levántate. No te olvides de tu criatura, el hombre”. Y el grito que elevamos a Dios debe ser, a la vez, un grito que penetre nuestro mismo corazón, para que se despierte en nosotros la presencia escondida de Dios, para que el poder que Dios ha depositado en nuestro corazón no quede cubierto y ahogado en nosotros por el fango del egoísmo, del miedo a los hombres, de la indiferencia y del oportunismo».

El llamado personal se dirige a nuestra propia conciencia en el presente. Con humildad, es decir, en el reconocimiento de la fragilidad y límites de la condición humana y en la disposición a caminar y estar abiertos a lo verdadero; en el transitar una ininteligible oscuridad que amenaza con perdernos; en el completo despojamiento de las capas del ego distraído o empeñado en permanecer en lo externo para solo juzgar verticalmente, para culpabilizar o por el contrario para excusar sin comprender; en ese silencio que solo espera, la conciencia logra atisbar la certeza de vida que es amor, «la presencia escondida de Dios». Más allá de las circunstancias muchas veces incontrolables e indescifrables para nosotros, quizás el sendero describe someramente la ruta del misterio de la cruz, y ella misma nos da algunas claves de acciones consecuentes: la libre voluntad en la aceptación del camino, en ocasiones no elegido, que lleva a la entrega y a la ofrenda de nuestro ser y de nuestras acciones, lo cual nos remite al sentido originario del sacrificio, esto es, volver sagradas las cosas, hacerlas santas, todo ello en la permanencia del amor. La mirada se torna distinta y la vocación del servir y el compartir fraternos surge como un fruto natural. ¿Ambas no parecen describir la imperiosa necesidad de estos pasos de la humildad para asimismo atender y buscar responder, acaso intentar solventar en nuestros particulares ámbitos y mínima escala personal los problemas de la humanidad y de nuestra casa común, para que al fin la verdad y el amor se encuentren, para que la justicia y la paz se abracen (cfr. Salmo 85, 11-14)?

También, hace exactamente ocho siglos, Francisco de Asís, el santo admirado por su extraordinaria alegría que aún hoy nos cautiva, como insinuando una fórmula sobrenatural que desearíamos hallar, transitó por sombríos y dolorosísimos períodos, singularmente durante los años finales de su peregrinaje vital, cuando la Orden de los Hermanos Menores que fundó sin proponérselo crecía y se expandía a diversas regiones allende su Umbría natal. No solo su cuerpo se debilitaba por las diversas enfermedades que padecía, sino que también su ideal de vivir a la letra el Evangelio parecía disiparse entre sus más recientes seguidores con aspiraciones distintas, los hermanos que con el tiempo el Señor mismo le dio, presentándose tal vez una atenuación en la forma de vida que, para su exigente y personal búsqueda, resultaba impensable; una gran tribulación que no alcanzaba a aliviar ni entender invadía su ánimo. Hacia el otoño de 1220 dicta a fray León, su constante compañero, la alegoría De la verdadera y perfecta alegría (Fonti Francescane [FF] 278), sugestiva meditación que nos revela que aquella alegría no consiste en un buen humor acaso carismático, ni en los loables y magníficos triunfos y satisfacciones incluso espirituales, sino en la fidelidad y conciencia de estar el camino que permite pacientemente cumplir la voluntad del Señor y ver siempre su rostro e imagen en cada hermano, a pesar de recibir incomprensiones, rechazos y persecuciones; sin duda el texto constituye un interesante espejo de las bienaventuranzas que nos comunica Jesús en el Sermón de la Montaña (Mateo 5, 3-12; Lucas 6, 20-23), con sus sorpresivas paradojas que nos abren un espacio diferente en el alma para entender. Poco tiempo después en la vivencia de estas tensiones, luego de la aprobación de la Regla de la Orden el 29 de noviembre de 1223 por el papa Honorio III, Francisco de Asís renuncia a ser referencia como padre fundador, para dedicarse únicamente a vivir como un hermano más en sus recorridos apostólicos y retiros en soledad; busca la senda más humilde para reencontrarse, como tratando de seguir aún más de cerca la inspiración en la kénosis de Jesús. Poco después, hacia el 17 de septiembre de 1224 en el Monte La Verna, al presenciar la visión de un serafín alado durante la cuaresma del arcángel san Miguel, obtuvo la inaudita gracia de la impresión de los estigmas, las heridas de Cristo crucificado, don misterioso de grandísimo amor y dolor que, como humilde trasunto viviente del Salvador, recibió y llevó en su cuerpo en íntimo secreto. Por supuesto que estas heridas místicas le ocasionaban sufrimientos corporales, a los que se sumaban las fuertes dolencias de sus diversas enfermedades y su decaimiento anímico por el presente y futuro de la Orden de los Hermanos Menores, un hondo pesar que hacía cuestionar los frutos de su misión, tal vez pensando en el aparente fracaso de su ruta. En la tradición del relato recogido en Espejo de perfección (100-101 y 120; FF 1799-1800 y 1820), durante el invierno de ese mismo año 1224 y comienzos de 1225, en una pequeña celda de esteras cercana al Convento de San Damián, Francisco intentaba recuperar algo de su salud, en particular aliviar un poco el sensible padecimiento del tracoma, afección que infectó al tal grado sus ojos, que por casi dos meses le resultaba insoportable ver la luz del día y el resplandor del fuego en el ambiente nocturno. A la mañana siguiente de una terrible noche acosado además por una multitud de molestos ratones que, casi como plaga simbólica, subían a su lecho, a su mesita y a su cuerpo maltrecho, il Poverello tuvo la feliz revelación de que «la esperanza no defrauda», la certeza de que en la confianza y fidelidad en las tribulaciones estaba en el camino verdadero, en el seguimiento del camino de la pasión de Cristo; mientras oraba al Señor Dios uno y trino, una voz le confió claramente a su espíritu: «…has de sentirte tan en paz como si estuvieras ya en mi reino» (Leyenda de Perusa 83; FF 1614 [1591]). En la mayor pobreza, en la mayor desposesión donde apenas quedan esos sufrimientos que solo alcanzan a verse como una única ofrenda amorosa de la entrega completa de su ser, Francisco de Asís descubre la intensa luz del amor de Dios que fundamenta su esperanza. Creo que las palabras de la bula para la convocación al Jubileo 2025 que citan a san Pablo y a san Agustín pueden explicar aún mejor esta visión convencida en la que coinciden en convicción el también conocido como trovador de Asís y el papa Bergoglio, los dos Franciscos:

«La esperanza cristiana, de hecho, no engaña ni defrauda, porque está fundada en la certeza de que nada ni nadie podrá separarnos nunca del amor divino: “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? (…) Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Romanos 8, 35; 37-39). He aquí por qué esta esperanza no cede ante las dificultades: porque se fundamenta en la fe y se nutre de la caridad, y de este modo hace posible que sigamos adelante en la vida. San Agustín escribe al respecto: “Nadie, en efecto, vive en cualquier género de vida sin estas tres disposiciones del alma: las de creer, esperar, amar”» (Spes non confundit, 5).

Así, aquella mañana de 1225, en la vecindad del Convento de San Damián, a poco más de un kilómetro de la muralla sur de la ciudad de Asís ubicada en la pendiente suave del monte Subasio, con su «ojo sencillo», no obstante la ceguedad tracomatosa, y con aquel cuerpo enfermo, débil y herido, pero que «entero se inundó de luz», el hermano Francisco estalla en una irresistible alegría que lo lleva a componer el Cántico del hermano sol (FF 263), «para alabanza de Dios, para nuestro consuelo y para edificación del prójimo», según la narración en Espejo de perfección. Y continúa esta fuente biográfica que «aplicó una música a esta letra y enseñó a sus compañeros a recitarla y cantarla». Llamado igualmente como el Cántico de alabanzas de las creaturas, este texto es quizás en la historia del corpus diverso de la literatura italiana la primera composición poética no anónima compuesta en lengua vulgar, más específicamente en dialecto umbro. Para citarlo, acudo a la traducción al español que realiza Lázaro Iriarte, ofm. cap. De esta forma comienza:

«Altísimo, omnipotente, buen Señor:

tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición;

a ti solo, Altísimo, convienen,

y ningún hombre es digno de hacer de ti mención»

El inicio del poético canto es el inevitable y necesario, pero al mismo tiempo muestra la manifestación de la conciencia que se sabe limitada para poder reconocer en su amplitud la infinita maravilla amorosa de Dios, siempre generoso y prodigador del todo bien, del sumo bien, del bien total (cfr. Alabanzas que se han de decir en todas las horas, FF 265). No obstante este saber, el Cántico continúa indetenible con las expresiones laudatorias que exteriorizan un celebrar en unión a las creaturas, comenzando, como primera visión del recorrido de la casa común, con el sol magnífico, al cual el trovador de Asís llama con especial tratamiento honorífico «mi señor»; su luz intensa, radiante y cálida es imposible de ver directamente, como en una alusión a la inasible y prodigiosa gracia inagotable y eterna de lo divino. Pero además el lúcido Francisco canta junto a los elementos de la Creación de un modo fraterno, cercano y horizontal, viendo y sintiendo a cada creatura como hermana que habita la misma casa familiar, y lo hace sin sublimar o simbolizar, evitando imponer sobre ellas proyecciones del ego; las describe y aprecia en su ser, en contemplación directa de su forma y sus efectos sensibles y también sugerentes, podríamos decir que de un modo objetivo tal cual son: en su existir. Un existir que es «muy bueno» como nos lo recordaba el Génesis, la bondad que nos remite al Creador y que nos habla de Él, por lo que el ser de cada creatura es asimismo alabanza de su gloria: «Loado seas, mi Señor, con todas tus creaturas, especialmente por el señor hermano sol…», «por la hermana luna y las estrellas», «por el hermano viento y el aire», «por la hermana agua», «por el hemano fuego», «por nuestra hermana la madre tierra». Con esta última delicada referencia maternal asociada a la tierra donde permanecemos y laboramos, nos mueve a pensar en la comunión que significa nuestro habitar –palabra que, como señala Heidegger, implica atender y mirar por el ser del hombre y llevarlo a la paz, a lo libre cuidando su esencia– y también en la aceptación del don de la existencia y del ciclo natural de los seres vivientes que incluye la «hermana muerte corporal», pues nuestra hermana-madre tierra «nos sostiene y gobierna, / y produce frutos diversos con vistosas flores y hierbas». Además de una nueva contemplación dirigida a las cosas creadas que (re)descubren la belleza de su ser y su estar que son alabanza y comunión, ¿acaso con este lenguaje fraterno y ánimo humilde Francisco no nos introduce a un actuar en el deseable tratamiento de respeto y cortesía dirigido, claro, en primer lugar al Altísimo, pero asimismo a cada ser humano, a cada creatura, a la Creación entera? Las encíclicas Laudato si’ y Fratelli tutti del recordado papa Francisco, inspiradas en los textos y vida del Poverello, confirman justamente este sentido, a la vez que nos llaman a despertar nuestra atención e intentar soldar las cuatro rupturas del hombre que se insinúan en las referencias fraternas del Cántico. Pero hay algo más. Éloi Leclerc ha escrito un hermoso e iluminante estudio sobre este poema de Francisco de Asís, Le Cantique des créatures ou les symboles de l’union (1970; libro traducido al español por José Luis Albizu como El cántico de las criaturas en 1977), que nos permite considerar la configuración de una forma de ser:

«El Cántico del hermano sol, lejos de ser simplemente acompañamiento u ornato de una existencia, celebra un devenir íntimo cuyo sentido es la reconciliación total del hombre con el mundo, consigo mismo y con Dios. Y no basta decir que es la expresión de una reconciliación, porque forma parte de la experiencia espiritual misma, donde desempeña un rol determinante. El canto es aquí existencia».

Con acierto, Leclerc toma unos versos del tercero de los Sonetos de Orfeo (1923) de Rainer Maria Rilke para intentar explicar aquello que encuentra en el poema de Francisco y que resulta revelador. Il Poverello, al encargar a sus hermanos que también cantaran y difundieran el Cántico del hermano sol cuando fueran a predicar, les decía: «¿Pues qué son los siervos de Dios sino unos juglares que deben levantar y mover los corazones de los hombres hacia la alegría espiritual?». Al definir de esta forma el valor de la palabra juglar, compendia el hallazgo, el sentido y la misión incontenible del Cántico. Siguiendo esta perspectiva, con la lectura desde los versos de Rilke –cuya traducción me envía mi entrañable amigo Luis Miguel Isava–, el Cántico, fruto de la revelación que comparte Francisco, es mucho más: «no es deseo / ni cortejo de algo finalmente conquistado. Canto es existencia»; como una naturaleza que se hace más plena en su ser y en su existir cuando puede concretarse en una imagen que es a la vez amor y expresión de amor, así como el acto del respirar elemental que revela que estamos vivos. El canto y su doctrina no es aprendizaje de letras, mandamientos y consignas, aunque ello puede ser considerado como aceptable conveniencia al comenzar a caminar, sino es un vivir en entrega y espera (cfr. Gálatas 2, 20). Por ello el poema de Rilke continúa en un consejo: «no se trata, oh Joven, de que ames, aunque / la voz te fuerce a abrir la boca, —aprende / a olvidar que rompiste a cantar. Eso va pasando. / En verdad cantar, es otro hálito. / Un hálito en torno a nada. Un soplar en Dios. Un viento». ¿No nos resuenan estos términos para asociarlos en nuestra visión con el soplo divino sobre las aguas en los primeros versículos del Génesis, el mismo con que el Creador insufló vida en el hombre; con la suave brisa que hizo salir al profeta Elías de la cueva; el aliento de Jesús resucitado sobre los apóstoles para donarles el Espíritu Santo? ¿No es la vivencia del Espíritu en Francisco de Asís la que posibilita la expresión del Cántico del hermano sol? Amar como el respirar que es fusión de canto y vida. Cantar es otro hálito que se identifica en el ser y el estar. «Soy, más, estoy. Respiro» es también un verso celebratorio del poeta español Jorge Guillén perteneciente a su libro con el coincidente título de Cántico (1928).

Pero, como mencionamos arriba, la alegría reconciliadora del Cántico del hermano sol tiende a compartirse por lo que alude en un sentido general a las causas experienciales que, asumidas en ofrenda amorosa, dieron origen a su composición: los dolores y sufrimientos corporales y las heridas y congojas del convivir humano, casi siempre inevitables. La soldadura de  estas dos rupturas es justamente el amor de Cristo. Surgen así las alabanzas que se extienden a celebrar a aquellos que, a pesar de las difultades, buscan cimentar una comunidad armoniosa y traslucen la serenidad que sosiega su corazón y asimismo el del prójimo:

«Loado seas, mi Señor, por los que perdonan por tu amor,

y soportan enfermedad y tribulación;

dichosos aquellos que lo sobrellevan con paz,

pues por ti, Altísimo, coronados serán».

La vinculación con las bienaventuranzas es diáfana, especialmente la dirigida a los misericordiosos, los perseguidos y los que trabajan por la paz. La misma paz que León XIV nos volvió a recordar en su primer saludo, la paz desarmada y desarmante que nos da Jesús resucitado y que nos empeñamos con alegría en construir. La última estrofa del Cántico del hermano sol sintetiza el alegre imperativo de esta forma de vida como peregrinos de la esperanza cuyo centro es Cristo:

¡Alabad y bendecid a mi Señor,

y dadle gracias y servidle con grande humildad!

Cristian Álvarez

Doctor en Letras por la Universidad Simón Bolívar (USB) de Caracas, Venezuela, es Profesor Titular en la misma universidad. En la USB fue Decano de Estudios Generales, Jefe del Departamento de Lengua y Literatura, Director de la Editorial Equinoccio y Coordinador fundador de la Licenciatura en Estudios y Artes Liberales. Ha publicado los libros Ramos Sucre y la Edad Media (1990; 1992); Salir a la realidad: un legado quijotesco (1999); La «varia lección» de Mariano Picón-Salas: la conciencia como primera libertad (2003; 2011; 2021); ¿Repensar (en) la Universidad Simón Bolívar? (2005); y Diálogo y comprensión: textos para la universidad (2006). Para Monte Ávila Latinoamericana, preparó la edición de las Biblioteca Mariano Picón-Salas, que consta de doce volúmenes, de los cuales fueron publicados seis. Junto a su esposa Sandra López, pertenece a la Orden Franciscana Seglar en la Fraternidad La Chinquinquirá de Caracas.