Beato Amadeo de Silva y Meneses, 10 de agosto
Sacerdote Fundador
Nació hacia 1429 en la ilustre familia compuesta por Ruy Gómez da Silva, Alcalde de la villa portuguesa de Campo Maior (Alentejo), e Isabel de Meneses. Ella estaba emparentada con las cortes española y portuguesa. De hecho, su padre era el portugués Pedro de Meneses, conde de Viana de Alentejo e de Villa Real, gobernador de Ceuta, que había participado en la reconquista de la ciudad. Le bautizaron con el nombre de Juan. Era el quinto de doce hermanos, entre los cuales se hallaba santa Beatriz, Fundadora de las Concepcionistas. Su madre era especialmente devota de la Orden de San Francisco, y a los franciscanos encomendó la educación de sus vástagos. Todos crecieron bajo el influjo de esta espiritualidad y sintieron un amor singular por la Inmaculada Concepción.
A los 18 años Juan contrajo matrimonio, pero la pareja no llegó a vivir en común. En 1449 fue herido mientras combatía en la cruenta batalla de Alfarrobeira, que se desencadenó entre Pedro de Portugal y su sobrino el rey Alfonso V. A los 22 años ingresó en el monasterio Jerónimo de la Puebla de Guadalupe (Cáceres, España) desempeñando diversos oficios, entre otros, el de cocinero. Su vocación era derramar su sangre por Cristo, y se fue a Granada buscando la palma del martirio. Entretanto, predicaba a los musulmanes. Al ser perseguido, intentó cumplir su sueño partiendo a África del Norte, pero una tempestad lo devolvió a la costa portuguesa. Y regresó a Guadalupe. Estaba claro que la voluntad de Dios para él era otra. Tuvo entonces tres visiones con sendas apariciones de María, de san Francisco de Asís y de san Antonio de Padua, y se sintió llamado a vivir el carisma franciscano. Así que el 11 de diciembre de 1452, con la aprobación del prior, Gonzalo de Illescas, dejó el monasterio en el que había vivido y peregrinó a Asís, dispuesto a emprender un nuevo camino vinculado a la Orden de Frailes Menores.
Inició este viaje desde el convento de Oviedo, donde tomó el hábito. Atravesó Avignon, Génova y Florencia dejando huella de singulares prodigios. Allí tomó el nombre de Amadeo Hispano. En Perugia no fue recibido por el ministro general ya que receloso de su apariencia— era la de un mendigo— no le dio credibilidad. Otro tanto le sucedió en Asís. De modo que se estableció bajo los muros del convento haciendo oración y penitencia. Tres años vivió bajo persecución hasta que pasó por allí el nuevo ministro general Bussolini de Mozanica y lo acogió en la Orden. La fama de su virtud y prodigios no era bien vista por algunos de los religiosos, y se suscitaron las envidias. Una de las mujeres agraciadas por los milagros era pariente del papa Nicolás V, lo cual incrementó el número de peregrinaciones. Aun así, fue maltratado por sus hermanos que quisieron enviarlo a Roma para que el papa Calixto III le obligara a regresar a Portugal. Pero Amadeo, dándose cuenta de que era un ardid, apeló al ministro provincial. En Perusa recibió cartas suyas y con apoyo de este Superior, se trasladó al convento franciscano de Brescia. Allí convivió junto a Jorge de Valcamonica. Los milagros y prodigios se sucedían y entre sus múltiples seguidores se hallaban los duques de Milán.
En 1452 al duque le confió su deseo de fundar un convento. Había uno en Castiglione, Diócesis de Cremona, y la duquesa consiguió que se lo diesen al beato. Años más tarde, sustituyó el nombre que tenía en honor de santa María de Castiglione por el de Nuestra Señora de Guadalupe. Fue el centro neurálgico de la reforma que emprendió Amadeo. Buscado sosiego para su oración, en 1457, y con el permiso de su superior, se trasladó primeramente a Milán, y luego a Como y a Oreno. Aquí aceptó la ordenación sacerdotal, oficiando la primera misa en 1459. A partir de entonces se dedicó al apostolado y a la predicación.
Dirigió diversas cartas al Pontífice y a otros personajes ilustres. Contó con el apoyo de miembros de la nobleza y del futuro papa Sixto IV cuando era ministro general Francisco della Rovere. Fundó numerosos conventos. Los seguidores de la reforma impulsada por el beato, conocidos como «amadeitas», se multiplicaron estableciéndole en distintos lugares de Italia y España. Amadeo murió el 10 de agosto de 1482 en una de las visitas que efectuó al convento milanés de Santa María de la Paz. El rey Luís XI de Francia costeó su funeral y el sepulcro donde se custodiaron sus restos. Es venerado como beato desde el siglo XV.

© Isabel Orellana Vilches, 2025
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