Aguas turbulentas
(El maratón de HOY)
Está casi amaneciendo. Vamos en el metro: auriculares puestos, mochila al hombro, repasando la lista de tareas.
Por fuera, parecemos tenerlo todo bajo control: eficacia en el trabajo y una familia que encaja en las fotos de Instagram y en los grupos de WhatsApp.
Pero mientras el tren acelera, algo por dentro no está en su sitio.
No es cansancio. Es dispersión.
Estamos en todas partes y en ninguna. Gestionamos el trabajo, la casa, la imagen; gestionamos incluso el cansancio… pero ya casi no recordamos quiénes somos cuando no gestionamos nada.
El problema no es la agenda, ni el móvil, ni las urgencias de cada día. El problema es más hondo: hemos empezado a vivir ajenos a nosotros mismos.
Y la persona no está hecha para sostenerse como un producto, con fecha de caducidad.
No estamos solo cansados: estamos rotos en pedazos. Falta el hilo que integra las partes en un todo.
Nos han convencido de que madurar es construir una marca personal: pulir el yo, fortalecerlo, blindarlo.
Pero el «yo blindado» no madura: se bloquea, se encierra, se engulle a sí mismo.
El yo blindado enferma.
Y cuando la vida aprieta —cuando el conflicto llega, cuando un hijo sufre, cuando el matrimonio se tensa, cuando el cuerpo pasa factura— se revela la trampa:
un yo “perfecto” puede ser también un yo profundamente solo.
El éxito puede ser una jaula.
Un yo encarcelado en el oro moderno: prestigio, popularidad, éxito, hijos que triunfan… Proyecciones fantasmales que brillan por fuera y vacían por dentro.
Eso no es plenitud. Es anestesia.
“El yo” es demasiado pequeño para ti.
Leonardo Polo dijo algo que hoy suena a bofetada: «el yo es demasiado pequeño para ti».
Nos han repetido que la paz es autorrealización; que ser “nuestra mejor versión” es el objetivo; que sostener la autoestima como un edificio —a veces sin cimientos— es importante para ser feliz.
Pero cuando el “yo” se convierte en centro, ocurre lo inevitable: entramos en un bucle.
El bucle mental devora.
El pensamiento no descansa. Se rumia. Se repite. Se intoxica.
Y lo que debía ser una llamada a integrar se vuelve un ácido que separa, que corroe el propósito.
Y sin darnos cuenta, llegamos a donde no queríamos ir.
Unidad y fraternidad
(servir o servirse de)
Cuando el otro deja de ser alguien y se convierte en “una pieza útil”, algo esencial se rompe.
Empieza a pasar esto:
— el otro termina siendo una extensión emocional,
— el hijo, una inversión afectiva,
— el colega, un rival,
— los padres, una exigencia.
La apariencia no integra.
Y así nace una soledad nueva: la del ego autosuficiente que, por querer protegerse, termina aislado.
Esa autosuficiencia no salva: excluye.
Y cuanto más solitarios estamos, más nos obsesionamos con nosotros mismos.
Ocultamos el miedo dentro de un control imaginario… que no controla nada.
El control no da paz. A mayor control, mayor inseguridad.
Refugio en alta montaña
(la familia como integración real)
En la familia, la unidad y la diversidad vienen incluidas en el paquete.
La madurez, aquí, tiene otro nombre: templanza.
La familia integra.
Cuando la familia deja de ser lo que es, la persona se rompe en mil pedazos.
Y esa ruptura interior se refleja siempre en todo lo que hacemos y proyectamos.
Porque lo que se desordena dentro, se desordena fuera.
La joya de la corona
(crecer en libertad)
Cuando buscamos unidad por imposición —“si pensáis como yo, estaremos bien”— parece paz, pero es miedo disfrazado.
Se evita el conflicto… al precio de someter la libertad del otro.
La unidad no se impone. Se ama.
Y tarde o temprano esa unidad falsa explota: se convierte en dominio, control, autoritarismo.
En el otro extremo, la falta de unidad fomenta el “cada uno a lo suyo”: vidas paralelas bajo el mismo techo.
Se convive… sin encontrarse. Y el hogar se convierte en campo de batalla o en estación de tránsito.
Las diferencias no restan, suman, si hay amor que las integra.
Porque somos seres para otros. Somos don.
Eres más que tu currículum.
Eres más que tu herida.
Salir de la trepidación
(abandonar el límite mental)
Hay un bucle que horada la intimidad: no valgo, no puedo, no sé.
Vivimos a la defensiva.
Abandonar esa espiral no es negar la realidad: es negarse a vivir encerrados en una interpretación tóxica de la realidad.
Es recuperar la mirada amplia, limpia. Volver al diseño original.
Dejar de vivir dentro del espejo cóncavo para abrirnos al encuentro.
Se puede volver.
Y aquí ocurre algo decisivo: recuperamos la unidad interior que abraza las diferencias para crecer y enriquecer.
Porque si nuestra vida se rompe en pedazos, el hogar termina siendo un mosaico de piezas sueltas, irreconocible.
El próximo transbordo
Antes de bajar del vagón, haz una pausa.
Visualiza tu casa. Tu familia. Tus amigos.
Este es el hogar al que se puede volver.
No estás perdido. Estás disperso.
Cuando volvemos a casa y encontramos una mirada que acoge, recordamos algo esencial:
no somos una tarea pendiente. Somos familia.
Los brazos abiertos hablan de acogida. Hablan de respetar la libertad.
No es lo mismo “morir” que “dar la vida”.
Y dar la vida es lo que fundamenta la unidad desde el amor.
Una lectora me escribió algo que podría ser la confesión silenciosa de muchos:
“Necesitaría trabajar tus artículos con lápiz y papel, pero la realidad es que luego me enredo en y con la vida…
Pero tus reflexiones, siempre profundas y exigentes, me descolocan y me resuenan.
Me conectan con un yo de antes.
Me hacen pensar que igual debo ir / volver al origen.”
Ese “yo de antes” no es nostalgia. Es una llamada.
No necesitamos inventarnos una vida nueva: necesitamos volver a la unidad original.
Y esto no ocurre mañana —cuando “tengamos tiempo”—. Ocurre hoy.
“Siempre” es HOY.
La “denominación de origen” no es una idea: es nuestra condición de persona.
Ese “además” que nos llama a la entrega, a la trascendencia.
Y ese “más” no se rompe con el cansancio: se despierta con el amor.
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