Aborto: legalización de un crimen
Una defensa de la dignidad humana y el derecho a la vida frente a la cultura del descarte y el silencio del post-aborto
El aborto es, sin ningún género de dudas, el crimen más abyecto que un ser humano pueda perpetrar contra otro congénere. El no nacido es una persona (porque el embrión lo es) a quien se le niega la existencia por decreto de unos cuantos. No es la naturaleza la que impone su muerte, como tantas veces sucede al malograrse de forma inesperada un embarazo. Es la ceguera, la imposición ideológica de una sociedad que ha ido normalizando hechos que vulneran desde su raíz la dignidad humana. De manera similar a lo que ha sucedido con la eutanasia no se contempla ningún acompañamiento ni ayuda que se precie a quienes se encuentran en trances difíciles y dolorosos. Y eso que las gestantes deben luchar en no pocos casos contra los consejos que reciben (incluso hasta de familiares y personas cercanas) que solamente les señalan la única salida: el abortorio. Cuando algo molesta, o no interesa, o simplemente no cumple los parámetros que el egoísmo humano exige, se cercena de un plumazo sin más contemplaciones. A veces, hasta se oye decir despreocupadamente que el feto no es más que un bulto, y una va a quitárselo. Tan grave es la inconsciencia.
Al ser humano endiosado, creyéndose dueño de la vida y de la muerte, se le ha olvidado que un día también morirá. Pero como no existe el temor de Dios, preciado don del Espíritu Santo —igual que los seis restantes que otorga— ¿cómo va a pensar que esa criatura que es sometida a una muerte cruel, ni siquiera ha podido elegir entre el bien el mal, optar por alimentarse de la gracia o beber su propia condenación? Al no nacido se le niega la posibilidad de administrar el don que Dios le estaba otorgando cuando fue concebido, que eso es la vida. Con ella se recibe la libertad que nunca es una licencia para matar inocentes.
Cuando se promulgan determinados decretos cuyo cumplimiento está impregnado de sangre, como sucede con el aborto, somos muchos, más de lo que se cree, a quienes la aflicción nos mueve a actuar. Porque la aflicción en términos espirituales es un activo; no un pasivo. Por eso alzamos la voz denunciando este infame homicidio, y apoyamos la valentía de los «pro vida» que sin temor a las represalias que saben recibirán —porque no «obedecen», es decir, no comparten, no se suman a las voces del pensamiento único— dedican parte de su tiempo a orar ante las clínicas abortivas, poniéndose a merced de las futuras madres que acuden a ellas con miedo, con dolor y sin adecuada información. Porque díganme, sobre todo, los que tienen hijos y los aman. Si les explicaran que los van a trocear, a aplicar una solución salina y otros procedimientos para causarle la muerte, ¿no experimentarían un escalofrío?, ¿no impedirían por cualquier medio que se produjera tal brutalidad? Naturalmente que sí. Pues son formas utilizadas para eliminar al no nacido, que exterminan entre terribles sufrimientos.

Y cuando todos tienen acceso inmediato por medios digitales para comprobar que la vida en ciernes, la que se desarrolla en el vientre materno, es la de una persona y no la de un animal cualquiera, esta realidad constatable se obvia, y según parece no se detienen a pensar de qué modo se extrae un hijo del cuerpo de la madre. En 1984 Nathanson, denominado «rey del aborto» —después convertido al cristianismo— lo mostró en El grito silencioso. Si no lo conocen: véanlo. Es una lección tremebunda que muestra la perversidad de algunos seres humanos, y por ello mismo inolvidable.
Todo el mundo quiere saber en qué va a consistir la intervención quirúrgica a la que ha de someterse. ¿Cómo es posible que no se tome este interés cuando se trata del aborto? Llamemos a las cosas por su nombre. Dejémonos de eufemismos. Ya está bien de hablar de «interrupción voluntaria del embarazo», o alegar «mi cuerpo es mío». La mujer que habla en estos términos parte de una supina ignorancia. Madre e hijo poseen su propio ADN y las huellas dactilares son distintas.
Por otro lado, no se mencionan (y molesta a los que viven ciegos a la realidad que otros lo hagan) los graves problemas que va a padecer la mujer que se ha sometido a este procedimiento. ¿Por qué no se habla del post aborto y del estrés post traumático? Porque es fundamental tenerlo en cuenta. Hay una parte que no termina en el abortorio. No se acaba todo, como se hace creer, cuando se atraviesa el umbral de la calle habiendo dejado dentro los despojos de un ser vivo. Después de haberlas convencido para que aborten, de haberles puesto alfombra de oro para que dejen morir a sus hijos, las que pudieron haber sido madres quedan abandonadas a su suerte. Y de por vida tendrán que llevar tatuado en lo más profundo de su ser que por las razones que fuesen en un momento dado tomaron tan cruel determinación.
Así pues, no dejemos esta lucha por la vida porque cuando un no nacido muere también vamos muriendo nosotros como civilización, y es que la protección de la vida es su base. Al eliminar a los inocentes mediante el aborto y justificar tal crimen dejamos que fenezcan nuestros más profundos valores. Cada ser humano es único e irrepetible. Defendámoslo. Si la existencia de un perrito vale más que la humana, ¿qué cabe esperar? Recordemos las palabras de santa Teresa de Calcuta sobre las consecuencias de este drama: «Creo que el mayor destructor de la paz hoy es el aborto. Porque Jesús dijo: ‘Si recibís a los más pequeños, me recibís a mí’. Así que todo aborto es un rechazo a recibir a Jesús, es el desprecio de recibir a Jesús. Realmente es una guerra contra los niños matar a directamente a un niño inocente, asesinado por su propia madre» […]. «Si aceptamos que una madre puede asesinar a su propio hijo, ¿cómo podemos decirle a los demás que no se maten unos a otros?». «Un país que acepta el aborto, no le enseña a su gente a amar, sino a utilizar violencia para conseguir lo que quieran. Es por esto que el mayor destructor del amor y de la paz es el aborto». No hay más que decir.

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