La Justicia Divina y la Humana: Un Llamado a la comprensión y la misericordia

El juicio y la corrección en la educación y la convivencia, inspirada por el amor y la sabiduría de Dios

En una sesión de catequesis con niños de postcomunión, surgió una conversación alarmante: algunos habían tenido contacto con la Ouija y el mal llamado «juego» de Charlie, todo a través de sus dispositivos móviles. Con apenas diez años, sin plena conciencia de lo que implicaban estas prácticas, habían incursionado en un terreno peligroso.

Uno de los niños, de sensibilidad especial, quedó inquieto tras descubrir que había participado en algo peligroso espiritualmente. Aun después de confesarse, temía haber cometido un error irreparable. Su pregunta era sincera y angustiada: ¿había perdido el acceso al cielo por haber actuado sin saber que estaba mal? La catequista le ofreció tranquilidad, explicándole que la justicia de Dios no castiga a quienes actúan sin conocimiento ni consentimiento pleno.

Este episodio nos lleva a reflexionar sobre la diferencia entre la justicia divina y la justicia terrenal. En el ámbito legal, rige el principio ignorantia juris non excusat, lo que significa que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento. En otras palabras, aunque una persona desconozca una norma, sigue siendo responsable de su violación. Este principio es necesario para mantener el orden en la sociedad, evitando que el desconocimiento sirva como excusa para evadir responsabilidades.

Sin embargo, Dios, en su infinita sabiduría, juzga de una manera distinta. La enseñanza moral de la Iglesia nos dice que un pecado mortal solo lo es si cumple tres condiciones: materia grave, conocimiento pleno y consentimiento deliberado. Esto significa que la justicia divina es profundamente personal y misericordiosa, pues no solo toma en cuenta el acto cometido, sino también la intención y las circunstancias de la persona.

Esta enseñanza tiene un gran valor para nuestra vida cotidiana. ¿No sería deseable que nuestra manera de juzgar se asemejara más a la de Dios? A menudo somos rápidos en emitir juicios sin considerar el contexto o las intenciones de los demás. Pero, ¿no nos gustaría que, cuando cometemos errores, se nos juzgue con la misma comprensión y misericordia que Dios nos ofrece?


En una sociedad que con frecuencia exige sanciones inmediatas y juicios severos, el ejemplo de Dios nos invita a una perspectiva más elevada, basada en el amor y el conocimiento profundo del corazón humano. No se trata de minimizar el pecado ni de justificar acciones equivocadas, sino de aplicar un discernimiento justo, que ayude a cada persona a crecer y corregir su camino en lugar de condenarla sin oportunidad de redención.

Esta reflexión no solo es válida en el ámbito religioso, sino que también puede aplicarse en nuestra vida familiar, en la educación de los niños y en la convivencia social. Como padres, maestros y ciudadanos, debemos preguntarnos: ¿actuamos con justicia cuando corregimos? ¿Somos justos y compasivos en nuestras relaciones? ¿Juzgamos con rapidez o buscamos comprender antes de condenar?

Imitar la justicia de Dios no implica renunciar a la corrección ni al deber de guiar a otros en el camino correcto, sino hacerlo buscando el bien, la caridad, no solo la mera justicia terrenal. En los hogares donde reina una justicia meramente “humana”, basada en frases como: “yo solo recojo mis platos” o “ayer ya bajé yo la basura”, el ambiente se vuelve frío, tan frío como la calle.

Este próximo 8M, pidamos una justicia terrenal que proteja y defienda a las mujeres, pero no cometamos el error de trasladar esa misma lógica al hogar. Tengamos claro que en casa debemos aspirar a una justicia más elevada, más perfecta, más justa. La justicia de Dios: la del amor sin medida, la que valora la intención y la que da calor. Why not?