La amistad en Aristóteles

Entre la virtud, el placer y la utilidad

Aristóteles dedicó los libros VIII y IX de su Ética nicomáquea (Gredos, 2003) a estudiar la amistad. Sus reflexiones iluminan grandemente las relaciones amistosas. Observa, formaliza y ayuda a pensar en las diversas dimensiones de la amistad. Recientemente, la editorial Acantilado ha hecho una nueva edición en español de estos textos (Sobre la amistad. Libros VIII-IX de Ética a Nicómaco, 2025) y, desde luego, no faltan libros de especialistas que vuelven a ésta como a otras virtudes de la ética aristotélica. La trilogía del profesor mexicano Héctor Zagal no tiene pierde en este sentido. El interés por Aristóteles y por la amistad se mantiene.

Considera Aristóteles -uso la versión de Gredos- que la amistad es un modo de ser, estable, duradero que alcanza su cota más alta entre personas buenas y virtuosas: “la amistad perfecta es la de los hombres buenos e iguales en virtud {179}; pues, en la medida en que son buenos, de la misma manera quieren el bien el uno del otro, y tales hombres son buenos en sí mismos; y los que quieren el bien [10] de sus amigos por causa de éstos son los mejores amigos, y están así dispuestos a causa de lo que son y no por accidente; de manera que su amistad permanece mientras son buenos, y la virtud es algo estable”. Esta amistad perfecta tiene otros dos rostros accidentales, aquellas basadas en el deleite de los bienes placenteros (comida, bebida, etc.) o en el intercambio de bienes útiles (do ut des, negocios, bienes mediales). Estas últimas -amistades movedizas, efímeras- tienen plazo de caducidad: el tiempo que dure el deleite o el interés.

La amistad plena, la propia de quienes se esfuerzan por tener en vida buena, es rara, requiere tiempo, contacto, “hasta que cada uno se haya mostrado al otro amable y digno de confianza”. De ahí que los amigos se elijan, siendo lo propio entre ellos aspirar a encontrarse y tratarse: “¿no es verdad que para los amigos el convivir [30] (…). La amistad es, en efecto, una comunidad, y la disposición que uno tiene para consigo la tiene también para el amigo. En cuanto a uno mismo, la sensación de que existe es amable, y así, también, respecto del amigo. Ahora bien, la actividad de esta sensación [35] surge en la convivencia, de modo que verosímilmente los amigos aspiran a ella. (…). [1172a] (…) y, en cada caso, los amigos pasan los días juntos con aquellos que más aman en la vida; porque, queriendo convivir con los amigos, hacen y participan en [5] aquellas cosas que creen que producen la convivencia”.


Esta observación la conocemos por experiencia. Los amigos se buscan, con ellos se está a gusto, compartimos afinidades e intereses comunes y estamos dispuestos a hacerles el bien en razón de sí mismos, en tiempos de bonanza y en tiempos de penuria: somos amigos de verdad, diríamos en lenguaje coloquial.

La amistad es atracción entre personas amables, por sus buenas cualidades. La mala persona, en cambio, “parece que no está dispuesta a amar ni siquiera a sí misma, porque no tiene nada amable. Por consiguiente, si el tener tal disposición es una gran desgracia, debemos hacer todo esfuerzo para evitar la maldad e intentar ser buenos, porque de esta manera no sólo uno puede tener disposiciones amistosas consigo mismo, sino también llegar a ser amigo de otro”. La amistad verdadera se nutre de virtudes, crece con el trato y está abierta al aprendizaje y corrección. Las relaciones tóxicas, en cambio, generan aprendizajes negativos.

De la amistad podemos decir aún más. El sentido cristiano de la amistad aporta nuevas luces, esponja el ámbito relacional y el corazón de los amigos por encima de las medidas y moderadas reflexiones aristotélicas. Es una perspectiva, cuya reflexión dejaré para otra ocasión.